¿El mundo va directo a un choque inevitable entre China y Estados Unidos? Esa es la pregunta que muchos se hacen mientras las tensiones crecen y las reglas parecen romperse. Pero la historia muestra algo clave que pocos dicen: la confrontación no es el único camino posible. Y Europa, con Francia a la cabeza, vuelve a estar en el centro de esa discusión.
El 2026 arrancó con un clima global pesado. Más guerras, más violencia y menos diálogo. La rivalidad entre China y Estados Unidos domina la escena internacional y empuja a muchos países a elegir bando. Sin embargo, esa lógica no es nueva ni tampoco inevitable. Europa ya vivió algo parecido en el siglo XX y sabe bien a dónde conduce.
Después de décadas de guerras internas, Francia y Alemania lograron dejar atrás el enfrentamiento con el Tratado del Elíseo, firmado el 22 de enero de 1963. Ese acuerdo fue la base de un proceso más grande: la construcción de la Unión Europea, nacida en París en 1950. El resultado fue claro y concreto: casi ocho décadas de paz, cooperación y desarrollo en un continente que antes se destruía a sí mismo.
Hoy el mundo enfrenta otro problema. Avanza el autoritarismo, se debilita el derecho internacional y crecen las ambiciones imperiales. En 2024 hubo más de 60 conflictos armados, una cifra récord. Las reglas se pisan y la ley del más fuerte parece imponerse. En este escenario, la competencia sin límites reemplaza a la cooperación.
Estados Unidos endurece su política comercial, impone aranceles y presiona a sus socios, incluso a Europa. China, por su parte, expande su capacidad industrial a niveles que generan desequilibrios y tensiones globales. El riesgo es claro: un mundo dividido en bloques, más inestable y más violento.
Frente a esto, hay dos caminos que no funcionan. El primero es aceptar la ley del más fuerte y resignarse a la subordinación. El segundo es pararse desde un discurso puramente moral, sin capacidad real de influir. Francia y Europa proponen una tercera vía: un multilateralismo firme, basado en la soberanía de los Estados y el respeto de las reglas comunes.
No se trata de idealismo. Se trata de interés propio. Sin reglas, todos pierden. Sin diálogo, la competencia se vuelve destructiva. Por eso Europa sigue siendo atractiva: 450 millones de personas, más libertad, mayor esperanza de vida, menos desigualdad y diez países esperando para ingresar a la Unión Europea. Ninguna otra región del mundo puede mostrar algo similar.
Lejos de desaparecer, Europa está llamada a equilibrar un mundo que oscila entre la sumisión y el enfrentamiento. Como dijo Emmanuel Macron en Davos, el continente apuesta por el respeto antes que la brutalidad y por el derecho antes que la violencia. La historia ya demostró que el equilibrio es posible. La pregunta ahora es si el mundo está dispuesto a aprender.