Hábil conversador y gran narrador de anécdotas, Juan Domingo Perón fue, sin embargo, extremadamente reservado cuando se trataba de su historia familiar. A uno de sus principales biógrafos, Enrique Pavón Pereyra, apenas le dedicó unas pocas frases sobre su abuelo, Tomás Liberato Perón, a quien describió con elogios, aunque con datos imprecisos.
Esas omisiones y errores no alcanzan a ocultar un dato central: Tomás Liberato Perón fue una figura decisiva durante la epidemia de fiebre amarilla de 1871, una tragedia sanitaria que arrasó con la Ciudad de Buenos Aires y dejó una marca indeleble en la historia argentina.
En 1871, Buenos Aires tenía unos 155.000 habitantes. En apenas seis meses, la fiebre amarilla —conocida entonces como “el vómito negro”— provocó 14.000 muertes, casi el 10% de la población. En su punto más crítico, la ciudad llegó a registrar 500 fallecimientos en un solo día, cuando lo habitual era menos de veinte.
El desconocimiento científico agravaba el drama. Faltaban aún años para que se identificara al mosquito Aedes aegypti como vector de transmisión. Los médicos combatían la enfermedad casi a ciegas, mientras el miedo vaciaba barrios enteros.
El impacto social fue retratado por el médico higienista Guillermo Rawson, quien dejó un testimonio brutal sobre el abandono de enfermos, incluso dentro de las propias familias.
La epidemia también se cobró la vida de quienes intentaban frenarla. Murieron 12 médicos, 2 practicantes, 4 miembros de comisiones sanitarias y 22 integrantes del Consejo de Higiene Pública. Entre ellos, figuras que hoy dan nombre a hospitales porteños.
Tomás Liberato Perón, en cambio, sobrevivió. Y no solo eso: fue uno de los pocos que intentó atacar las causas estructurales del desastre sanitario.
Convencido de que la contaminación del Riachuelo era un factor clave, Perón denunció el impacto de los saladeros y graserías instalados en sus márgenes, cuyas aguas eran utilizadas para consumo humano. Aunque su hipótesis no era completamente correcta —el problema real era el agua estancada que favorecía al mosquito—, su mirada sanitaria fue avanzada para la época.
El diario La Nación describía entonces al Riachuelo como un foco de putrefacción incompatible con la vida urbana.
Gracias a su impulso, el Congreso sancionó una ley que prohibió las faenas de saladeros y graserías en el área de Barracas y la Ciudad de Buenos Aires, una medida clave en materia de salud pública.
Tomás Liberato Perón Hughes nació en Buenos Aires el 17 de agosto de 1839. Hijo de un inmigrante genovés y de una madre británica, se formó en el Colegio Nacional y luego en la Facultad de Medicina, donde se graduó en 1867.
Fue diputado de la Provincia de Buenos Aires por el mitrismo y desde la Legislatura impulsó reformas sanitarias, además de advertir sobre los riesgos ambientales del cordón industrial del Riachuelo. En 1870, se convirtió en el primer profesor titular de Medicina Legal en la Facultad de Derecho.
Por su actuación durante la epidemia, el presidente Domingo Faustino Sarmiento le otorgó una beca para perfeccionarse en París, aunque su estadía fue breve.
Tomás Liberato murió el 1 de febrero de 1889, en Ramos Mejía, sin conocer a su nieto más famoso. Juan Domingo Perón nacería años después, el 8 de octubre de 1895, en Lobos, y marcaría a fuego la política argentina del siglo XX.
La paradoja es evidente: uno de los mayores líderes políticos del país eligió callar la historia de un abuelo que había enfrentado, desde la salud pública, una de las peores tragedias nacionales.