A Axel Kicillof no le interesaba, al menos en lo inmediato, conducir el Partido Justicialista bonaerense. No fue una ambición personal ni una jugada planificada. La propuesta llegó en un momento crítico para el peronismo provincial, atravesado por las réplicas del escenario nacional y la necesidad de reconstruir un armado competitivo en la Provincia de Buenos Aires.
El ofrecimiento partió del titular saliente del partido, Máximo Kirchner, y fue leído por varios sectores como una presión política: que el propio gobernador asuma el control del PJ y cargue con la responsabilidad de ordenar la interna y proyectar una alternativa nacional.
Kicillof aceptó. Y con esa decisión abrió una nueva etapa, tanto para el partido como para su propio futuro político.
La definición no dejó conformes a todos. Dentro del Movimiento Derecho al Futuro, el espacio que responde al gobernador, algunos dirigentes quedaron golpeados. La intención original era que la presidencia del PJ recayera en Verónica Magario, una jugada que hubiese fortalecido su perfil y equilibrado fuerzas internas.
Desde el kirchnerismo, sin embargo, se optó por otro camino. Evitar que el poder partidario se concentre en La Matanza, el distrito más poblado del país y bastión que conduce Fernando Espinoza, fue una de las claves. La lectura fue clara: que el gobernador asuma la conducción y quede directamente asociado al destino del peronismo bonaerense.
En ese reordenamiento apareció una señal de alerta en la capital provincial. Según trascendió en las últimas horas, el intendente Julio Alak no habría quedado conforme con la decisión. Alak también aspiraba a conducir el PJ bonaerense y fue uno de los primeros dirigentes en apostar políticamente por Kicillof.
El malestar fue relativizado por fuentes locales, que buscaron bajar el tono del conflicto y negaron un quiebre abierto. Sin embargo, el ruido no es menor: La Plata no solo es la capital política de la Provincia, sino también uno de los distritos con mayor peso electoral.
Kicillof asumió la presidencia del PJ bonaerense sin haberlo buscado.
La decisión desplazó la posibilidad de que Magario conduzca el partido.
En La Plata surgieron tensiones por las aspiraciones de Julio Alak.
En el interior hay quejas por listas bajadas y decisiones de la Junta Electoral.
El episodio platense no es aislado. En distintos puntos del interior bonaerense se acumula malestar por la baja de listas y revisiones impulsadas por la Junta Electoral partidaria. Legisladores y dirigentes locales cuestionan que las decisiones sigan concentrándose en pocos actores, una crítica que históricamente se le atribuyó a La Cámpora.
Las quejas, expresadas en reserva a medios como Data Clave, apuntan a un problema estructural: la dificultad del peronismo para procesar sus disputas internas sin erosionar su volumen político.
Con este escenario, Kicillof enfrenta un doble desafío. Por un lado, gobernar una Provincia atravesada por tensiones económicas y sociales. Por otro, ordenar un partido con heridas abiertas, sin que la interna se convierta en el eje del debate público.
El objetivo de fondo está claro: consolidarse como referencia del peronismo y de un amplio sector opositor con vistas a 2027. Para eso, deberá bajar las aguas internas, evitar nuevas fracturas y demostrar que puede conducir, al mismo tiempo, la gestión y la política.