El peronismo misionero terminó esta semana una de las novelas políticas más largas, desprolijas y desgastantes de su historia reciente. Después de años de internas suspendidas, sellos vaciados, dirigentes acomodados al poder provincial y afiliados mirando todo desde afuera, el PJ de Misiones finalmente volvió a tener autoridades electas.
La escena fue casi quirúrgica. Firma de actas, entrega de diplomas, fotos medidas y sonrisas de ocasión. Nada de épica. Nadie está para festejar demasiado. El nuevo presidente del Consejo Provincial será Julio Humada, surgido de unas elecciones internas realizadas el pasado 19 de abril, en las primeras votaciones partidarias plenas en más de veinte años. Sí, veinte años. Una eternidad para cualquier estructura política que pretenda seguir viva.
La intervención encabezada por el cañuelense Gustavo Arrieta y Máximo Rodríguez bajó la persiana formalmente después de más de un año de administración. Lo hizo con un dato político que en el PJ nacional miran con atención: Misiones fue el único distrito intervenido que logró completar todo el proceso sin quedar empantanado en tribunales federales. En un peronismo donde cada discusión termina en Comodoro Py, no es un detalle menor.
Porque mientras en Jujuy la Justicia electoral frenó buena parte del operativo y en Salta la jueza María Servini directamente avanzó con una intervención judicial propia, en territorio misionero lograron llegar al final del recorrido. Reforma de Carta Orgánica, Junta Electoral, oficialización de listas, internas, escrutinio y traspaso institucional. Todo dentro del cronograma.
Pero el dato formal es apenas la superficie. Abajo hay otra cosa: un partido destruido políticamente.
El PJ misionero venía funcionando hace años como una cáscara vacía. Sin vida orgánica, sin conducción clara y con buena parte de sus dirigentes orbitando alrededor de la Renovación provincial, el aparato que construyó Carlos Rovira y que terminó absorbiendo buena parte del ADN peronista de la provincia.
Ahí está el núcleo del problema. Mientras el kirchnerismo nacional hablaba de reconstrucción doctrinaria, en Misiones el peronismo se convirtió durante años en un sello prestado para acuerdos tácticos. Algunos dirigentes directamente jugaron para el oficialismo provincial. Otros se refugiaron en cargos. Y muchos militantes quedaron afuera del mapa.
La intervención ordenada por el Consejo Nacional del PJ buscó precisamente romper con esa lógica. El objetivo era devolverle institucionalidad a un distrito donde hacía décadas que nadie elegía nada. No fue sencillo.
Durante todo el proceso, el partido funcionó desde la sede de SMATA en Posadas porque el histórico edificio partidario estaba tomado. Literalmente. Los interventores denunciaron usurpación, destrozos y vaciamiento patrimonial. Cuando finalmente pudieron ingresar, según relataron, encontraron un edificio vandalizado y saqueado.
La foto de Arrieta caminando entre muebles rotos y cuadros tirados tuvo algo simbólico. Parecía la metáfora perfecta del estado del peronismo misionero.
“Rompieron todos los bienes patrimoniales del Estado”, dijo el exintendente de Cañuelas cuando logró recuperar la sede. La frase no apuntaba sólo a las paredes.
Las internas del 19 de abril dejaron varios datos incómodos para el PJ nacional.
Participaron poco más de 7.200 afiliados sobre un padrón cercano a los 55 mil. La conducción ganadora, encabezada por la lista “La Julio Humada”, se impuso con algo más del 54 por ciento de los votos.
Ahora bien: el verdadero drama no es el porcentaje de participación. El problema es otro. El padrón del PJ misionero está envejecido, fragmentado y desconectado de las nuevas generaciones. Según dirigentes del propio espacio, cerca del 80% de los afiliados supera los 50 años.
Traducido al castellano político: el partido perdió capacidad de representación social.
Y eso en un contexto donde Javier Milei sigue pescando bronca antisistema, mientras los oficialismos provinciales conservan estructura y caja, deja al peronismo en una zona peligrosísima.
En el PJ saben que ordenar el sello era apenas el primer paso. El problema ahora es mucho más complejo: volver a construir poder real.
Porque una cosa es normalizar un partido y otra muy distinta es volverlo competitivo.
En el fondo, toda esta movida tiene una fecha marcada: 2027.
El peronismo nacional atraviesa una discusión feroz sobre liderazgo, estrategia y supervivencia. Entre el kirchnerismo duro, los gobernadores que buscan despegarse y los intendentes que sólo piensan en sostener sus territorios, el PJ parece más preocupado por administrarse la derrota que por construir una alternativa.
En ese escenario, Misiones aparece como un laboratorio raro. Un distrito donde el partido intentó volver a tener reglas internas después de décadas de anarquía controlada.
La conducción de Humada ahora tendrá que poner en marcha el Congreso Provincial y los congresos municipales. Pero el desafío verdadero es otro: evitar que el PJ siga siendo una franquicia electoral sin musculatura política.
Porque en la Argentina de hoy, los partidos que no representan nada terminan siendo absorbidos por los oficialismos locales o triturados por la antipolítica.
Y el peronismo misionero conoce demasiado bien ambas cosas.