La escena ya ni siquiera sorprende en los pasillos de calle 7. Lo que genera es fastidio. Bronca. Hasta vergüenza ajena entre varios legisladores que, por lo bajo, admiten que la situación se volvió insostenible.
La Legislatura de la provincia de Buenos Aires se prepara para entrar en junio sin sesiones ordinarias. Apenas hubo una reunión especial por el Día de la Memoria y nada más. Ni leyes, ni debates de peso, ni agenda parlamentaria seria. El principal distrito del país tiene el Poder Legislativo funcionando a media máquina porque el oficialismo no logra ordenar su propia interna.
Y eso, en política, tiene traducción inmediata: cuando la rosca se come a la gestión, el sistema se paraliza.
En la Cámara de Diputados y en el Senado nadie disimula ya que el conflicto pasa por el control de las comisiones más pesadas. Presupuesto, Legislación General, Asuntos Constitucionales y Reforma Política son hoy territorios de disputa donde cada sector intenta plantar bandera pensando más en el cierre electoral que en la producción legislativa.
La pelea ya no es ideológica: es territorial.
Los presidentes de ambas cámaras, Alejandro Dichiara y Verónica Magario, intentan apurar una sesión para la próxima semana. Pero hasta eso se volvió una ingeniería de relojería por culpa de los feriados y los tiempos reglamentarios.
En los despachos reconocen que si la convocatoria no sale entre jueves y viernes, directamente no llegan. El lunes 25 entra el feriado puente por el Día del Empleado Legislativo y el martes 26 tampoco cuenta como hábil.
La explicación técnica existe. El problema es político.
En Diputados ya dan por descontado que Juan Pablo de Jesús seguirá en Presupuesto y Rubén Eslaiman conservará Legislación General. Pero el verdadero barro aparece en otras mesas.
La comisión de Reforma Política se transformó en una pequeña bomba atómica. Todos saben que este año será decisivo para discutir sistema electoral, reconfiguración de alianzas y reglas de juego para 2027. Nadie quiere quedarse afuera de esa caja de herramientas.
Durante algunas horas circuló la versión de que la oposición podía quedarse con la comisión. Duró poco. En el peronismo podrán pelearse entre ellos, pero regalar poder nunca fue una tradición del movimiento.
La otra guerra está en Ludopatía. Ahí se cruzan dos terminales políticas que hace rato dejaron de convivir cómodamente.
Por un lado, La Cámpora empuja a Micaela Olivetto, que además también suena para Reforma Política. Del otro lado aparece el espacio vinculado al exintendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde, que quiere instalar a Marcela Basualdo.
Sí, Insaurralde sigue jugando.
Aunque muchos hagan como si no existiera, en la provincia nadie termina de jubilar políticamente a un dirigente que conoce cada baldosa del conurbano y todavía conserva terminales, intendentes amigos y operadores con oficio.
En el PJ bonaerense nadie se retira del todo. Apenas se corre un poco de la foto.
En el Senado el panorama venía igual de espeso hasta que intervino Verónica Magario. La vicegobernadora tuvo que meterse personalmente para bajar la tensión entre el massismo y el camporismo.
Después de una charla con Malena Galmarini, se destrabó parcialmente el conflicto por Asuntos Constitucionales y Acuerdos, una de las comisiones más sensibles porque por ahí pasan jueces, fiscales y cargos judiciales.
Finalmente el camporista Emmanuel González Santalla quedaría al frente de ACA.
La movida dejó otra lectura que en La Plata nadie pasó por alto: Massa sigue negociando incluso cuando parece corrido del centro de la escena.
En paralelo, crecen las versiones sobre una eventual llegada de Malena a Reforma Política o incluso a una vicepresidencia de la Cámara Alta. En ese esquema, la juninense Valeria Arata podría quedarse con Presupuesto.
Todo está atado con alambre. Y todos lo saben.
Mientras tanto, el gobernador Axel Kicillof mira el tablero con una mezcla de resignación y pragmatismo. Necesita que la Legislatura funcione porque el calendario electoral se acerca y la gestión requiere leyes, endeudamiento y herramientas administrativas.
Pero el mandatario quedó atrapado en la lógica histórica del peronismo bonaerense: todos te acompañan hasta que aparece el reparto de poder.
En medio del desconcierto aparece un personaje que observa la escena con ansiedad genuina: Diego Valenzuela.
El intendente de Tres de Febrero, alineado con La Libertad Avanza, todavía espera ocupar formalmente su banca como senador provincial.
La historia parece escrita por un guionista con sentido del absurdo. Valenzuela pidió licencia para asumir en el Senado, después pidió otra para ir al Gobierno nacional de Javier Milei, pero ese desembarco nunca se concretó.
Resultado: quedó en una especie de limbo político-administrativo mientras la Cámara Alta sigue demorando definiciones.
En los pasillos del Senado algunos se ríen. Otros mascullan bronca. Porque mientras el oficialismo provincial se pelea por cargos y comisiones, la oposición libertaria aprovecha para instalar un discurso sencillo pero efectivo: “la casta no arranca”.
Y lo peor para el peronismo es que esa crítica empieza a encontrar terreno fértil incluso entre votantes propios.