miércoles 27 de mayo de 2026 - Edición Nº5088

Nacionales | 27 may 2026

Plataformas, fe y manipulación

Netflix puso a las sectas bajo la lupa y dejó expuesto un negocio que crece sin control

13:00 |La nueva serie “Unchosen” volvió a meter en agenda un fenómeno que en Europa ya preocupa a jueces, psicólogos y organismos de derechos humanos. Detrás de la ficción aparecen grupos religiosos, estructuras cerradas, manipulación emocional y vacíos legales que dejan a miles de personas atrapadas en sistemas de control psicológico. En esta nota te contamos cómo operan, por qué crecen y qué pasa cuando la política mira para otro lado.


Hay temas que parecen lejanos hasta que alguien prende la cámara y los vuelve incómodamente cercanos. Eso hizo Netflix con “Unchosen”, una serie británica sobre una secta cristiana ultraconservadora que, detrás de la estética oscura y el suspenso televisivo, pone el dedo en una realidad bastante menos cinematográfica de lo que muchos quisieran admitir.

Porque mientras la política mundial discute inflación, guerras o elecciones, debajo del radar crece otro negocio: el de las organizaciones que mezclan religión, control mental, aislamiento social y dependencia emocional. Y ojo, no hablamos de películas de Hollywood ni de delirios conspirativos de madrugada. Hablamos de estructuras que funcionan a plena luz del día, tienen propiedades, manejan millones y reclutan gente común.

Laburantes. Estudiantes. Familias enteras.

Según datos difundidos por BBC Radio 4, actualmente operan entre 1.500 y 2.000 sectas en el Reino Unido. La cifra no es oficial, pero en los organismos especializados nadie la discute demasiado. De hecho, varios investigadores sostienen que el número podría ser aún mayor después de la pandemia y del boom del reclutamiento online.

Ahí está el primer dato político de esta historia: el Estado llega tarde.

Siempre.


El negocio del aislamiento


La serie escrita por Julie Gearey muestra a una comunidad religiosa donde las mujeres obedecen, los hombres mandan y el mundo exterior es presentado como una amenaza constante. Nada demasiado novedoso para cualquiera que haya leído sobre sectas reales.

Lo inquietante no es la ficción. Lo inquietante es que los testimonios recogidos por la producción coinciden casi punto por punto con experiencias reales documentadas por periodistas, psicólogos y tribunales.

“Las sectas ya no viven escondidas en una montaña”. Ahora funcionan en barrios comunes, alquilan salones, usan Instagram, TikTok y Telegram. Algunas hasta hablan el lenguaje del coaching empresarial o del bienestar emocional. Se disfrazan de comunidad, contención o espiritualidad. Y ahí enganchan.

En el AMBA eso no suena extraño.

Acá también florecieron gurúes espirituales, pseudo terapeutas y líderes carismáticos que hicieron fortunas prometiendo “sanación”, “energía” o “despertar de conciencia”. Algunos terminaron procesados. Otros siguen dando charlas.

El mecanismo suele ser parecido: aislamiento progresivo, ruptura familiar, obediencia absoluta y control económico. El manual viejo de la manipulación emocional adaptado a la era digital.

La serie de Netflix toma elementos de grupos reales como los Plymouth Brethren, los Bruderhof o la FLDS, una organización mormona extremista conocida por matrimonios forzados, sometimiento femenino y abuso infantil.

Nada de eso es inventado.


El vacío legal perfecto


Acá aparece otra discusión incómoda. En países como Reino Unido o Estados Unidos, pertenecer a una secta no es delito. Lo que se castiga son las conductas derivadas: fraude, abuso, violencia o coerción.

El problema es probarlo.

Y mientras tanto los grupos siguen funcionando.

La periodista Rachel Stonehouse, en una investigación de la BBC, mostró cómo varias organizaciones aprovechan ese gris legal para operar como supuestas iglesias o movimientos de bienestar.

Uno de los casos más fuertes es el de Universal Medicine, un grupo australiano cuyo líder, Serge Benhayon, fue calificado judicialmente en Australia como “socialmente dañino”. El fallo mencionó manipulación psicológica, presión sexual y prácticas pseudomédicas delirantes.

Pero aun así el grupo sigue activo.

Porque cerrar estas estructuras es un parto judicial.

Y porque muchas veces las víctimas ni siquiera se reconocen como víctimas.

Ahí está la madre del problema.

El reclutamiento cambió de formato

Antes el captador aparecía en una plaza o golpeaba puertas. Hoy entra por redes sociales.

Con estética cool.

Con lenguaje terapéutico.

Con frases de autoayuda.

Una estudiante británica contó que fue reclutada por Shincheonji, una iglesia surcoreana, después de perder a su padre. La contactaron en la universidad bajo el nombre “Coffee With God”. Recién meses después descubrió dónde estaba metida.

Otra joven terminó con estrés postraumático.

Y eso también deja una señal de época: las sectas modernas pescan donde hay angustia, duelo, incertidumbre o fragilidad emocional.

En tiempos de crisis económica, ansiedad colectiva y vínculos cada vez más rotos, el terreno está servido.

Porque cuando el Estado se corre, alguien ocupa ese vacío.

Y muchas veces no llega precisamente para ayudar.


La fe, la política y el control


En la Argentina el tema siempre se trató con cierta incomodidad. Nadie quiere quedar pegado a una discusión sensible sobre religión, libertades individuales o manipulación psicológica.

Pero el fenómeno existe.

Y crece.

En los últimos años hubo denuncias contra organizaciones coercitivas disfrazadas de escuelas filosóficas, movimientos espirituales o fundaciones terapéuticas. Algunas causas avanzaron. Otras quedaron flotando entre despachos judiciales y expedientes eternos.

Como suele pasar.

Mientras tanto, especialistas en comportamiento sectario vienen advirtiendo algo que la política todavía no termina de entender: el control coercitivo no necesita cadenas ni encierro físico.

Alcanza con romperle la cabeza emocionalmente a una persona.

La doctora Alexandra Stein, una de las investigadoras más citadas sobre el tema, lo explica con crudeza: las sectas construyen una dinámica donde el miedo y el afecto se mezclan hasta volver al individuo dependiente.

Primero te abrazan.

Después te aíslan.

Y cuando querés salir, ya no sabés quién sos afuera del grupo.

La serie de Netflix pega porque muestra eso sin maquillaje. Sin el cliché del túnel secreto o la capucha negra. Lo hace desde algo más reconocible: familias normales, barrios comunes y personas buscando pertenencia.

Eso es lo verdaderamente perturbador.

Que no parecen monstruos.

Parecen vecinos.

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