jueves 18 de junio de 2026 - Edición Nº5110

Nacionales | 18 jun 2026

Movilidad en crisis

Tarifas por las nubes: el ajuste que expulsa trabajadores del Conurbano y vacía el mercado formal

09:00 |Viajar desde los barrios más alejados del Gran Buenos Aires hacia la Ciudad ya dejó de ser una inversión para transformarse en una pérdida. El aumento del transporte está modificando hábitos, destruyendo oportunidades laborales y empujando a miles de familias hacia la informalidad. Detrás de los números aparece un fenómeno silencioso que empieza a cambiar la geografía social del Conurbano.


La postal se repite cada madrugada en las paradas del oeste y del sur bonaerense. Menos gente esperando el colectivo. Menos movimiento en las estaciones. Menos trabajadores emprendiendo el viaje hacia la Capital. La crisis económica ya no solamente vacía los bolsillos: también está vaciando los recorridos laborales históricos del Conurbano.

Durante décadas, miles de vecinos construyeron una rutina basada en largas travesías para ganarse el mango. Salir de madrugada, combinar transporte y volver de noche fue parte de la cultura del esfuerzo que definió a varias generaciones del Gran Buenos Aires. Hoy esa lógica empieza a resquebrajarse.

Porque cuando el costo para llegar al empleo se transforma en un porcentaje obsceno del ingreso mensual, la ecuación deja de cerrar.

Con boletos provinciales que superan los $1.000, trenes cada vez más caros y un subte porteño que ya perforó ampliamente la barrera de los $1.500, el gasto en movilidad se convirtió en un problema estructural para los sectores de menores ingresos.

No se trata de una discusión técnica ni de una planilla de Excel. Se trata de personas que descubren que trabajar puede significar perder plata.


El mapa del retroceso


La situación golpea con especial dureza en los márgenes más alejados del área metropolitana.

En Moreno, barrios como Cuartel V o Trujui muestran una realidad que los despachos oficiales rara vez observan. Muchos vecinos necesitan dos colectivos para llegar a una estación ferroviaria y recién después iniciar el recorrido hacia el centro porteño.

La misma situación atraviesa a Pontevedra, en Merlo, donde los tiempos de viaje pueden superar las tres horas diarias.

Más al sur, localidades como Bosques e Ingeniero Allan, en Florencio Varela, o Glew, en Almirante Brown, enfrentan un escenario parecido. También aparecen situaciones críticas en sectores alejados de José C. Paz y en los barrios profundos de La Matanza.

La distancia dejó de medirse solamente en kilómetros. Ahora se mide en capacidad económica.

Quien vive a veinte cuadras de una estación ya carga con una penalidad financiera que no figura en ninguna estadística oficial. Debe sumar recorridos internos, esperar frecuencias deficientes y asumir costos que terminan multiplicando el gasto inicial.

La periferia paga más caro el derecho a trabajar.


La economía que se encierra


Las actividades más afectadas son justamente aquellas que sostienen buena parte del funcionamiento cotidiano del país.

Personal de casas particulares. Albañiles. Pintores. Repositores. Empleados gastronómicos. Playeros. Operarios textiles. Trabajadores que no tienen home office, ni viáticos corporativos, ni margen para negociar aumentos.

Para ellos, cada incremento tarifario impacta directamente sobre el ingreso real.

En muchos casos, la cuenta es brutal. Después de descontar transporte, comida y gastos básicos, la diferencia entre trabajar lejos o quedarse cerca de casa empieza a ser mínima.

Por eso crece un fenómeno que varios intendentes, dirigentes sociales y referentes territoriales ya observan en distintos distritos del AMBA.

La economía comienza a encerrarse sobre sí misma.

Muchos vecinos optan por changas barriales, pequeños emprendimientos domésticos o tareas informales dentro de su propio radio de influencia.

No porque representen mejores oportunidades.

Simplemente porque viajar se volvió demasiado caro.

La informalidad deja de ser una elección y pasa a convertirse en una estrategia de supervivencia.

Mientras tanto, el empleo registrado pierde atractivo para quienes deben destinar una porción creciente de sus ingresos al traslado.

El resultado es una combinación peligrosa: menor movilidad social, menor integración económica y mayor fragmentación territorial.

La consecuencia política tampoco es menor.

Durante años, el Conurbano funcionó como una enorme máquina de movilidad laboral que conectaba los barrios populares con los centros productivos y comerciales del área metropolitana.

Ese mecanismo está empezando a fallar.

Cuando el trabajo formal deja de ser rentable para miles de personas, la discusión ya no gira únicamente alrededor del transporte.

Empieza a hablarse de algo mucho más profundo.

Se pone en cuestión la posibilidad concreta de progresar.

Y cuando eso ocurre, la crisis deja de ser económica para transformarse en social.

Porque detrás de cada trabajador que abandona un empleo por los costos del viaje hay una señal de alarma que la dirigencia todavía parece no escuchar.

El problema no es solamente cuánto cuesta el boleto.

El problema es que cada vez más bonaerenses sienten que el esfuerzo dejó de rendir.

Lo que tenés que saber

• Los aumentos del transporte consumen una porción cada vez mayor de los ingresos de los trabajadores del Conurbano.

• Las zonas más alejadas de los centros ferroviarios son las que sufren el mayor impacto económico.

• Crecen las changas, microemprendimientos y actividades informales como alternativa a los empleos con largos traslados.

• Rubros como construcción, servicio doméstico, gastronomía y comercio aparecen entre los más afectados.

• La crisis de movilidad amenaza con profundizar la fragmentación social y laboral en el Gran Buenos Aires.

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